El tirón duradero de tu atracción emocional, romántica y sexual hacia otras personas —o hacia ninguna.
La orientación es la dirección hacia la que apunta tu deseo, con el tiempo, sin que tengas que llevar tú el volante. La psicología suele separarla en tres cosas que no siempre coinciden: quién te atrae, con quién te lías de hecho, y cómo te llamas a ti. Una mujer casada treinta años con un hombre puede ser lesbiana igualmente. Un tío que solo se ha liado con tíos puede llamarse hetero. La etiqueta es tuya y la pones tú; el tirón de debajo, normalmente, no se negocia.
Ese hueco es la razón de que "orientación" le ganara la partida a "preferencia". Una preferencia es una elección: avena o vaca, techno o house. El sexólogo John Money empujó lo de "orientación" justo porque la atracción no funciona como la carta de un bar; no te levantas un día y decides quién te pone. Décadas de investigación le dan la razón: casi nadie recuerda haber elegido, y nadie ha encontrado el interruptor que lo enciende. "Preferencia sexual" se sigue oyendo, y sigue sonando a pequeño insulto: cuela la idea de que podrías elegir otra cosa si te esforzaras un poco más.
La orientación tampoco son dos cajitas fijas. Va por un espectro —de solo-el-otro-sexo a solo-el-mismo, con todo el mundo en medio, y con mucha gente viviendo del todo fuera del marco hombres/mujeres. Y no es la misma pregunta que la identidad de género: quién eres es un eje, a quién deseas es otro. En nuestra pista salen los dos, casi siempre a las cuatro de la mañana, casi siempre a media frase. No le debes a nadie una respuesta cerrada, pero conocer la tuya es un buen sitio desde el que bailar.