Postura de que todo cuerpo merece respeto y aceptación tal cual; nace del activismo de liberación gorda de mujeres negras y queer, no del marketing.
Quítale el barniz de Instagram y el body positive es una reivindicación política, no un mantra de autoayuda. No empezó con un filtro ni con un pie de foto #bopo. Nació del activismo de liberación gorda de finales de los 60 y los 70 —organización que iba de la mano con el movimiento por los derechos civiles y el feminismo de segunda ola—, donde mujeres gordas, negras y queer señalaron la gordofobia como producto del racismo y la misoginia, no como un fracaso personal. La NAAFA se fundó en 1969; la más radical Fat Underground llegó después en California. Era gente exigiendo que los cuerpos gordos pudieran existir, tener sanidad, ser contratados. Décadas antes de que nada de esto fuera un hashtag.
Luego el movimiento consiguió presupuesto de marketing y algo se agrió. En los 2010 la expresión se había limado hasta caber en campañas de marca: mujeres casi siempre blancas, casi siempre sin discapacidad, como mucho una talla o dos por encima de una modelo de pasarela. A los cuerpos para los que se creó —gordos, negros, con discapacidad, trans— los echaron por la puerta de atrás. Por eso mucha de la gente que hizo el trabajo original hoy desconfía del término, y por eso apareció la "neutralidad corporal" como prima hermana: menos presión por amar tu cuerpo bajo demanda, más permiso para simplemente habitarlo.
Por qué nos toca de cerca: en cualquier sitio donde los cuerpos aparecen de verdad —una pista a las cuatro de la mañana, un cuarto oscuro, un primer encuentro— el body positive es el suelo, no la decoración. El deseo no es un premio por tener cierto aspecto, y nadie le debe una disculpa a la sala por ocupar espacio en ella. Mantener a la vista la raíz radical —que esto iba de liberación, no de likes— es lo que hace que la palabra siga sirviendo para algo en lugar de quedarse en adorno.